© Diócesis de Nuevo Laredo A.R. 2010
Escrito por Mons. Gustavo Rodríguez Vega
Lunes, 10 de Enero de 2011 18:30
Homilía en el XXI Aniversario de la Diócesis de
Nuevo Laredo, Ordenación de los Primeros 8
Diáconos Permanentes
Hech. 6, 1-7; Salmo 97; 1Pe. 2,4-10;
Aclamación Mt. 16, 18; Mt. 16, 13-20.
“Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre
esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes
del infierno no prevalecerán sobre ella”.
Muy queridos hermanos y hermanas en el
sacerdocio bautismal, amados hermanos y
hermanas de la vida consagrada, queridos seminaristas, amados
diáconos, queridos sacerdotes.
Un día como hoy, hace 21 años, fue ejecutada la Bula Quo Facilius, del 6
de noviembre de 1989, por la que el Papa Juan Pablo II, de feliz memoria,
erigía la nueva Diócesis de Nuevo Laredo, tomando territorio de la
Diócesis de Matamoros y de la Arquidiócesis de Monterrey, para que la
verdad evangélica se difundiera con más facilidad y más fruto. Esta
ciudad de Nuevo Laredo fue escogida como sede de la nueva Diócesis, y
este templo del Espíritu Santo fue designado como Iglesia Catedral.
Durante 18 años esta Iglesia fue presidida por su primer Obispo, Don
Ricardo Watty Urquidi, y desde hace poco más de dos años ha sido
presidida en el Señor por un servidor.
Después de 21 años podemos dar gracias a Dios porque efectivamente la
verdad evangélica se ha difundido con más facilidad y más fruto en estas
tierras norestenses. Saltan a la vista los frutos: en el número de
sacerdotes, el número de consagrados y consagradas, el número de
laicos comprometidos y de grupos y movimientos, el número de
parroquias y de decanatos. Particularmente los frutos se palpan en un
plan de pastoral que desde hace 11 años une en la comunión y en la
acción evangelizadora a cientos de hombres y mujeres a lo largo y ancho
de nuestro territorio.
Hoy por hoy, nuestra Iglesia particular sufre con toda la región y con
todo el país, los estragos del crimen organizado. En algunos rumbos de
nuestra diócesis el plan de pastoral, debido a esta situación, ha
encontrado grandes obstáculos para su caminar, y en algunas
parroquias de la Rivereña el principal quehacer de los sacerdotes ha
consistido en ofrecer consuelo y fortaleza al sufrimiento de los
pobladores que no quisieron o no pudieron huir de la violencia que los
amenazaba.
Otra gran preocupación para nuestra Iglesia en el momento actual es la
escasez de vocaciones al sacerdocio. Tal vez por esta misma realidad de
la violencia, por el ambiente moral en el que viven nuestros niños,
adolescentes y jóvenes y por otras muchas razones, ha disminuido
sobremanera el número de nuestros seminaristas, y esto nos obliga a
buscar nuevos caminos en la pastoral juvenil y en la pastoral vocacional.
Con la ayuda de toda la comunidad católica, pero especialmente con el
esfuerzo y testimonio de nuestros sacerdotes, vendrá de parte del Señor
la bendición de tener un seminario alegremente lleno de candidatos al
sacerdocio.
Pero para consuelo nuestro, frente a estas tristes realidades, hoy
tenemos en esta Celebración Eucarística un nuevo gran fruto de nuestra
Iglesia Diocesana: la ordenación del primer grupo de diáconos
permanentes, mientras ya camina una nueva generación de hombres
hacia ese ministerio ordenado.
Este grupo de 8 hermanos nuestros, 6 de ellos casados y dos célibes,
que van a ser ordenados diáconos, significan un gran respiro de aire
fresco para nuestra Iglesia, dando un nuevo impulso a la obra
evangelizadora. Se han preparado durante 6 años, bajo la dirección del
Padre Emigdio Paz Ríos, y la ayuda en su formación por parte de un
grupo de sacerdotes y religiosas, a quienes hoy agradecemos el trabajo
realizado. Nuestra gratitud se dirige también a las esposas de 6 de
nuestros candidatos y con la familia de todos ellos, que los han apoyado
y acompañado durante su camino al diaconado. Sin el sí y el testimonio
de las esposas y de las familias, la vocación de nuestros hermanos no se
hubiera podido comprobar. La formación ha sido no solo académica,
sino también espiritual, humana, y pastoral.
Como los primeros diáconos de la Iglesia, según escuchamos en la
lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, nuestros ordenandos
han sido elegidos y se han preparado especialmente para servir a los
más pobres de nuestra Iglesia Particular. Para poner a latir su corazón al
ritmo del corazón del Señor Jesús, el Buen Pastor, ellos han hecho
apostolado entre nuestros hermanos que están en prisión, luego con
nuestros hermanos migrantes, con los asistentes a un centro de
promoción humana de la Caritas diocesana, con los enfermos en los
centros hospitalarios y finalmente, durante el último año, han acudido a
las parroquias del poniente de la ciudad para hacer celebraciones de la
Palabra dominicales, en apoyo a los sacerdotes de aquellas
comunidades.
Con el Concilio Vaticano II, realizado de 1962 a 1965, la Iglesia recuperó
la conciencia que durante siglos había perdido, de ser una comunidad
carismática y ministerial. Nada más opuesto a esta mentalidad
recuperada en el Concilio, que el clericalismo recalcitrante, que
considera a los sacerdotes superiores a los laicos, y que considera que
el quehacer de los laicos en la Iglesia es sólo una ayuda a lo que de
hecho corresponde a los clérigos. Todavía hay sacerdotes que piensan
que los apóstoles seglares son “el brazo largo de la jerarquía”. La verdad
recordada en el Concilio y reafirmada en Aparecida, nos dice que cada
bautizado, como “piedra viva” del edificio de la Iglesia, debe estar seguro
de su vocación a ser discípulo y misionero de nuestro Señor Jesucristo,
poner sus carismas al servicio del Cuerpo Místico de Cristo, y estar
dispuesto a ejercer en la Iglesia el ministerio al que pudiera ser
convocado.
Todo buen presbítero, sea párroco, o vicario, o cualquiera que sea su
ministerio, ha de respetar y promover la vocación de los laicos,
evangelizando en comunión con ellos y con su obispo. El ministerio de
regir al pueblo de Dios debe entenderse también como el servicio de
discernir los carismas de cada laico y de orientarlos hacia su posible
puesto de servicio en la Iglesia. Lo mismo debe ser con respecto de los
consagrados, teniendo en cuenta, además del carisma personal de cada
uno de ellos y ellas, el carisma propio de cada comunidad religiosa.
Fue gracias al Concilio que se pudo recuperar en la Iglesia la institución
del diaconado permanente y, al presente, son ya muchas las iglesias
particulares que cuentan con un gran número de diáconos permanentes
para colaborar en la tarea evangelizadora. Durante siglos, el diaconado
había quedado sólo como un ministerio temporal en camino hacia el
presbiterado. Aún ahora, para prepararse de modo inmediato a recibir el
don del sacerdocio, los seminaristas se ordenan diáconos, para ejercer
este ministerio al menos seis meses antes de ser ordenados presbíteros.
Ésta es la situación de nuestros diáconos Alejandro y César, ordenados
el pasado mes de agosto, y de nuestros diáconos Jesús y Lázaro,
ordenados apenas el pasado sábado.
Los diáconos permanentes, mientras tengan vida y salud, colaborarán
con el obispo y con los presbíteros de la Diócesis Nuevo Laredo en la
tarea de regir, enseñar y santificar al Pueblo santo de Dios, y su
característica principal, de acuerdo al significado de la palabra
“diácono”, será la de ser servidores a imagen del Señor y Maestro que
lavó los pies a sus discípulos. Con su ministerio ordenado, han de
recordarnos al obispo y a los presbíteros que nunca hemos de dejar de
ser “diáconos”, es decir, servidores de la comunidad; y a sus hermanos
laicos y consagrados también los han de promover en el espíritu de
humilde servicio. Con su dedicación a los pobres serán un testimonio de
parte de la Iglesia y, al mismo tiempo, serán un impulso constante para
que la Iglesia entera se ocupe de los más pobres.
Hermanos que van a ser ordenados diáconos, desde hoy será más
urgente que ustedes sean santos, para que por su congruencia de vida
sean muchos los que vuelvan al Señor y a su Iglesia. Podrán celebrar el
sacramento del Bautismo, incrementando el número de los miembros de
la Iglesia. Podrán asistir al sacramento del Matrimonio como testigos
oficiales de parte de la Iglesia, bendiciendo la unión del hombre y la
mujer. Podrán proclamar el Evangelio y predicar en las celebraciones
litúrgicas y fuera de ellas, siendo fieles a la doctrina de la Iglesia.
Saludarán a la Asamblea con las palabras litúrgicas con las que se
transmite en forma real la presencia del Señor. Invitarán a la Asamblea a
darse el saludo de la paz, que en realidad debe ser un llamado a la
reconciliación con todos. Despedirán a la Asamblea enviándola a la
misión con la autoridad de Jesús. Bendecirán a sus hermanos y a todas
las cosas que honestamente les pertenecen.
Esteban, uno de los primeros 7 diáconos de la Iglesia primitiva, es el
protomártir de la Iglesia. Y muchos otros diáconos en la historia de la
Iglesia, por su santidad reconocida, han sido elevados a los altares. Ojalá
pronto se hable de la buena vida cristiana de nuestros diáconos, y que
en su matrimonio, los casados, y todos en su trabajo y en todos los
ambientes extra eclesiales, puedan con su testimonio hablar bien de la
Iglesia y de su ministerio con su forma de vida.
“Las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella”. Como parte que
somos de la Iglesia universal, 21 años son muchos y pocos a la vez, pero
nos sentimos cobijados y orgullosos dentro de esta Iglesia Universal.
Nos sentimos seguros, a pesar de los ataques y el menosprecio que
muchos sienten por la Iglesia. Cristo, cabeza de la Iglesia, nos da la
seguridad de que nada ni nadie podrá destruir su Cuerpo, nacido de su
costado abierto. A pesar de los errores y pecados cometidos desde
dentro de nuestra Iglesia, la obra es del Señor, que nos acompaña dentro
de la barca, aunque a veces parezca que duerme mientras las olas
amenazan con hundirnos. Jesús sigue cumpliendo su promesa, también
en esta Iglesia de Nuevo Laredo: “Yo estaré con ustedes todos los días
hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 18). María, que al pie de la cruz fue
encomendada al discípulo amado y que oraba en medio de los discípulos
después de que su Hijo ascendió a los cielos, es también Madre de esta
Iglesia Particular, y nos acompaña en nuestro caminar.
Que nuestra Iglesia Diocesana, con su obra evangelizadora, siga
contribuyendo para alcanzar la paz, el progreso y la justicia en nuestros
pueblos y ciudades. Así sea.
+ Gustavo Rodríguez Vega
Obispo de Nuevo Laredo