© Diócesis de Nuevo Laredo A.R. 2010
HOMILÍA CELEBRACIÓN INTERRELIGIOSA
CUMBRE DEL CAMBIO CLIMÁTICO
CANCÚN, QUINTANA ROO, MÉXICO 4/12/2010
MATEO 7, 24-28
Muy queridos hermanos y hermanas, representantes de distintos credos
religiosos, reunidos aquí, para elevar nuestra suplica al Creador, en este
momento en el que la historia de la humanidad se encuentra ante una
encrucijada que le exige replantearse su convivencia con la naturaleza.
La crisis ecológica, que se suma a otras muchas situaciones críticas, que en
distintas partes del mundo vive la humanidad, nos pide revisar nuestra relación
con la naturaleza, es decir, ver con detenimiento, no sólo el modo como nos
relacionamos con ella, sino la comprensión que tenemos de la misma y que
determina, sin duda alguna, la lógica de nuestras acciones sobre ella.
A este propósito nos ayuda la comprensión, desde una visión religiosa, de la
relación del hombre con la creación, que nos hace entender que nuestra
preocupación por el medio ambiente no se refiere sólo a un asunto de
supervivencia y mucho menos a la búsqueda de mecanismos que permitan
sostener estilos de vida centrados en el consumo insaciable, sino con una
actitud nueva, una forma de organizar el conjunto de relaciones de los seres
humanos entre sí, con la naturaleza y con la totalidad del universo, desde
nuestra fe en el Dios creador de todas las cosas. Necesitamos una nueva
alianza con la creación, que permita la fraternidad con todas las creaturas.
Un elemento fundamental para construir esta nueva alianza sobre roca firme es la
comprensión religiosa de la misma humanidad, de su origen en Dios, de la responsabilidad
que ha recibido en el conjunto de la creación entera y de su vocación trascendente.
En la tradición religiosa judeocristiana en el relato de la alianza que Dios hizo en Noé con
todos los seres vivos (Gn 9,16), encontramos una enseñanza que nos permite imaginar, desde
la esperanza, una nueva visión de la humanidad, capaz de percibir la creación entera como
sacramento de la presencia de Dios, de recuperar la dignidad de cada creatura y de integrarla
a nuestra alabanza al creador. Es el Dios de la comunión y de la vida quien sostiene y anima
nuestra esperanza.
La cuestión ecológica es antes de todo una cuestión antropológica. La visión religiosa de la
existencia nos hace confesar que todo cuanto existe tiene su origen en Dios y que hemos
recibido la naturaleza no como un montón de desechos esparcidos al azar (Heráclito de
Éfeso) sino como un don del Creador, que ha dado consistencia propia a todas las cosas, y a
los hombres y a las mujeres nos ha dado la capacidad de descubrir la estructura interna de las
creaturas y en ella, las orientaciones que se deben seguir para “guardar y cuidar” (Cf. Gn
2,15) la creación entera.
A partir del clamor del oprimido a quien Dios escucha, (cf. Ex 3,7) y de la “debilidad de Dios”
ante el sufrimiento de la humanidad, hoy estamos invitados a oír el grito de la creación, que se
ve amenazada por los intereses egoístas de hombres y mujeres que no alcanzan a ver más
allá de su propio beneficio y comodidad. (cf. Rom 8, 22-23). Hemos permitido que el modelo
de comportamiento de algunos, vaya siendo adoptado por todos: el modelo del uso
despiadado y sin control de los recursos naturales y en lugar de situarnos “desde dentro” de la
comunidad creacional, pareciera, con nuestra acciones, que pretendamos ubicarnos “sobre”
ella. Necesitamos pasar de la arrogancia antropocéntrica a la compasión solidaria universal.
La creación es el comienzo y fundamento de todas las cosas en Dios. Si escuchar su Palabra
nos da la certeza de construir nuestra historia sobre roca firme, de la misma manera, nos da
esa certeza el cuidado de la creación, pues en ella encontramos plasmada la Palabra divina
que está al origen de todo cuanto existe. La naturaleza nos precede y nos ha sido dada por
Dios como ámbito de vida; su salvaguardia es hoy esencial para la convivencia pacífica de la
humanidad. Hoy vemos como al sufrimiento provocado por la crueldad del hombre con el
hombre, se añade el sufrimiento provocado por el descuido y por el abuso que se hace de la
tierra y de los bienes naturales que Dios nos ha dado.
El aporte de una visión religiosa de la humanidad ofrece una alternativa ante la fragmentación
de los saberes, pues nos ofrece una visión integral y armónica de toda la Creación y la
posibilidad de entender, a partir de esta armonía, la interrelación de toda la naturaleza, en la
que el hombre ocupa un lugar central, no en la lógica de la dominación arbitraria, sino en la
del servicio y cuidado amoroso. Podemos así incluir, sin miedo, a nuestro vocabulario
conceptos como inter-dependencia, re-ligación, comunidad, que son necesarios para construir
un nuevo paradigma que responda a la necesidad absoluta que tenemos los unos de los otros
para subsistir y para encontrar armonía y felicidad.
Nuestra estructura antropológica básica tiene que ver con esta inter conexión original con el
entorno y de los unos hacia los otros, pues está directamente vinculada al Dios, que no nos ha
creado para la soledad, sino para la comunión. Por ello, “¿Cómo descuidar el creciente
fenómeno de los llamados «prófugos ambientales», personas que deben abandonar el
ambiente en que viven —y con frecuencia también sus bienes— a causa de su deterioro, para
afrontar los peligros y las incógnitas de un desplazamiento forzado? ¿Cómo no reaccionar
ante los conflictos actuales, y ante otros potenciales, relacionados con el acceso a los
recursos naturales? Todas éstas son cuestiones que tienen una repercusión profunda en el
ejercicio de los derechos humanos como, por ejemplo, el derecho a la vida, a la alimentación,
a la salud y al desarrollo”. (Benedicto XVI)
Las comunidades religiosas tienen una grave responsabilidad en la construcción de este
nuevo paradigma, roca firme para la subsistencia de nuestro planeta. Están llamadas, desde
la originalidad de su propia tradición religiosa, a situarse en esta crisis de civilización con una
actitud profética, que parte no sólo de la indignación ética por la injusticia y desigualdad social,
sino de la indignación religiosa por el deterioro ecológico que aplasta la Casa Grande que
Dios nos entregó desde el principio.
En este sentido, permítanme hermanos y hermanas, compartirles los compromisos que la
Iglesia Católica en América Latina ha asumido a partir de la Quinta Conferencia del
Episcopado Latinoamericano (cf. Documento conclusivo de Aparecida No. 474).
1)
Ayudar a nuestros pueblos para descubrir el don de la creación, sabiéndola
contemplar y cuidar como casa de todos los seres vivos y matriz de la vida del
planeta, a fin de ejercitar responsablemente el señorío humano sobre la tierra y los
recursos, para que pueda rendir frutos en su destinación universal, educando para un
estilo de vida de sobriedad y austeridad solidarias.
2)
Hacer más presencia en las poblaciones más frágiles y amenazadas por el desarrollo
depredatorio, y apoyarlas en sus esfuerzos para lograr una equitativa distribución de
la tierra, del agua y de los espacios urbanos.
3)
Buscar un modelo de desarrollo alternativo, integral y solidario, basado en una ética
que incluya la responsabilidad por una auténtica ecología natural y humana, que se
fundamenta en el evangelio de la justicia, la solidaridad y el destino universal de los
bienes, y que supere la lógica utilitarista e individualista, que no somete criterios
éticos a los poderes económicos y tecnológicos. Por tanto alentar a nuestros
campesinos a que se organicen de tal manera que puedan lograr su justo reclamo.
4)
Empeñar nuestros esfuerzos en la promulgación de políticas públicas y
participaciones ciudadanas que garanticen la protección, conservación y restauración
de la naturaleza.
5)
Determinar medidas de monitoreo y control social sobre la aplicación en los países de
los estándares ambientales internacionales.
Hermanos y hermanas, hemos venido hasta Cancún, no como profetas de calamidades sino
como hombres y mujeres de fe y de esperanza. Sabemos que hay escepticismo sobre la
posibilidad de que los representantes de las naciones de la tierra lleguen a acuerdos
vinculantes para la mitigación de la emisión de gases causantes del calentamiento global.
Sabemos que todavía hay mucho camino que recorrer para asumir medidas de adaptación a
los efectos del cambio climático y sobre todo, sabemos que hay una sensibilidad ética que
debe acabar de despertar ante los impactos sociales que estos fenómenos tienen en regiones
estructuralmente más débiles, como son las regiones insulares y en las poblaciones
empobrecidas y en las que habitan zonas de alto riesgo. También sabemos que podemos
esperar cielos nuevos y tierra nueva en los que habite la justicia (1Pe. 3, 13) y confiamos en la
luz que Dios pone en nuestra mirada para contribuir, desde la misión religiosa de nuestras
propias comunidades de fe, para hacer de nuestro mundo una casa común en la que todos
podamos vivir como hermanos.
Quienes nos gobiernan tienen una gran responsabilidad en la tarea del cuidado del medio
ambiente: confiemos y pidamos por nuestros gobernantes, para que en sus deliberaciones no
se limiten a defender condiciones de productividad y competencia, sino pongan en el centro a
la humanidad y no desconozcan el derecho-deber de los pueblos de la tierra a ordenar su vida
a partir de la comprensión religiosa de la existencia. Una palabra importante en estas
deliberaciones corresponde a los hombres y mujeres de ciencia. Pidamos por ellos, para que
la sabiduría divina deslumbre la sabiduría humana, y sean capaces de encontrar más y más
fuentes alternativas de energía que no tenga efectos nocivos para el medio ambiente. Los
hombres y mujeres de empresa se preocupan por generar riqueza: pidamos que aflore en
ellos lo mejor de sí mismos, su buena voluntad y sentido humanitario, que les lleva a someter
sus intereses al bien de toda la humanidad. Pidamos también por nosotros mismos, que
tenemos responsabilidad en las comunidades de fe de nuestras tradiciones religiosas, para
que siempre y en todo lugar, seamos capaces de defender la vocación trascendente de la
humanidad.
Que así sea.